
A lo largo del siglo XX los modelos organizativos e ideológicos de atención a la diversidad han evolucionado de forma muy significativa. Desde modelos meramente asistencialistas y segregadores hasta la actual concepción, al menos teórica, de inclusión educativa.
Asociaciones de padres-madres y grupos de profesores comenzaron a cuestionar en la década de los ´60 los modelos segregadores existentes en ese momento, desde criterios éticos y de eficacia.
Este movimiento avanzó por toda Europa y Estados Unidos en las década siguientes, consolidándose en documentos y declaraciones de organizaciones internacionales que sentaron la base para el empuje definitivo y la extensión no ya sólo de la integración, sino de la inclusión.
A partir los años ’90, una serie de factores educativos y sociales consolidaron definitivamente la idea de inclusión:
- Extensión de los principios de equidad y derechos humanos.
- Cambio en las actitudes de las familias.
- Incremento de la dotación de profesores.
- Intensificación de la formación del profesorado.
- Mejora del equipamiento de la escuelas.
- Cambios en los entornos pedagógicos.
- Introducción en las escuelas de la tecnología de la información y la comunicación.
En el año 2000, el Centro de Estudios para la Educación Inclusiva publica un texto fundamental para entender la inclusión educativa y organizar culturas, políticas y prácticas. Se trata del Index for Inclusion (T. Booth y Mel Ainscow), cuya publicación completa y traducida en su 3ª edición podéis encontrar en www.oei.es.
En el Índice, la inclusión se concibe como “un conjunto de procesos orientados a eliminar o minimizar las barreras que limitan el aprendizaje y la participación de todo el alumnado”. Es decir, el foco de atención está en qué apoyos proporcionamos, qué cambios realizamos en el entorno para que el alumnado con necesidades esté, participe y aprenda. De hecho, el Índex sustituye el concepto de “necesidades educativas especiales” por el de “barreras para el aprendizaje y la participación”, situando así la responsabilidad de la mejora de la educación en la organización educativa y no en las dificultades del alumno. Supone para toda la comunidad educativa un cambio de actitud y de valores, la aceptación de la diferencia entre los seres humanos y la pregunta permanente de cómo convertir cualquier contexto en más inclusivo.
De la pregunta “¿Este niño encajaría en este colegio?” pasamos a la pregunta “¿Qué vamos a hacer para que este niño esté incluido?”.
Se han llevado a cabo numerosos estudios para determinar la existencia o no de ventajas en la inclusión educativa. Los resultados, en términos generales, nos dicen que el resultado depende de cómo se haga esa inclusión. Por ejemplo, los alumnos con necesidades de apoyo pueden sentirse mejor en su autoestima y sentido de la competencia, su sentimiento de pertenencia a la comunidad educativa y la actitud hacia la escuela. Pero esto, según nos dice la investigación, cuando se utiliza una metodología de aprendizaje cooperativo.
De igual manera para que su aprendizaje académico mejore es necesario realizar adaptaciones curriculares individualizadas. Y respecto a la sensibilización y la comprensión de la diversidad del resto de los alumnos, el mero contacto no garantiza estas. Es imprescindible realizar una labor de sensibilización, información y asegurar experiencias positivas entre iguales.
Algo que sí está firmemente constatado es que la inclusión en una institución educativa de alumnado con necesidades de apoyo propicia elementos de renovación pedagógica tanto en el centro como en el profesorado. Obliga a considerar los principios y metodología de la integración en el proyecto educativo de centro, el proyecto curricular de centro, las programaciones de aula, la evaluación, etc. Esto puede tener un efecto beneficioso en todos los alumnos, puesto que todos ellos requieren de una individualización de su educación y porque, además, según el Informe Warnock entre un 15 y un 20% de los estudiantes va a presentar algún tipo de necesidades educativa especial a lo largo de su vida escolar.
El debate que periódicamente se abre acerca de la existencia de los centros de educación especial es complejo.
¿Existen en los centros ordinarios recursos económicos, organizativos, formativos, etc. suficientes para atender a este alumnado? ¿Hemos de renunciar a la idea de inclusión educativa para todos-as? ¿Cómo equilibramos la prestación de los apoyos que estos alumnos-as necesitan actualmente con la utopía de una inclusión completa?
Entornos TEA. Servicio inscrito en el Registro de Centros, Entidades y Servicios de Acción Social de la C.A.M. Nº S7705.

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