¿Cómo es posible que sea tan pequeño y tenga tanta fuerza para agarrarse el móvil, puntería para lanzar cosas y cuerdas vocales para continuar gritando?
Aunque el título de este post sea “chiquitito…”, ya sabemos que estas reacciones aparecen también en niños mayores, adolescentes y adultos. De forma que las estrategias que se exponen podrán ser utilizadas en mayor o menor medida según la edad del niño pero también otras características individuales.
En primer lugar, aclaremos…Cuando hablamos de una reacción de “león” no nos referimos a comportamientos que el niño puede controlar y que utiliza de forma intencionada para conseguir algo que desea o evitar algo que rechaza. ¿Cómo lo diferenciamos? Una pista puede ser que el niño interrumpa inmediatamente su protesta cuando consigue lo que quiere. No se trata entonces de que le cueste regular su emoción, sino de que ha aprendido a utilizar este comportamiento para sus propósitos. En otro momento comentaremos qué hacer ante este tipo de conductas retadoras y cómo afrontarlas.
En el caso de los “leones” hemos de plantearnos como objetivos no solo que estas reacciones desaparezcan o se reduzcan. También es importante que podamos ir enseñando al niño a identificar, regular y expresar sus emociones. Así que desde un punto de vista que algunos podéis considerar excesivamente optimista, cuando el ratón se convierte en león aparece una oportunidad de aprendizaje. Por supuesto, suponen sufrimiento para el niño y para su entorno pero nos centraremos en el aprendizaje emocional que puede lograr con nuestro apoyo. Hacer este aprendizaje es complicado y el niño va desarrollando a lo largo de su vida habilidades cada vez mayores.
El enfado puede aparecer repentina o más gradual según la edad del niño, sus características y la situación. Podemos ver este proceso como una montaña, con mayor o menor pendiente según estas variables.
En esta montaña, existe un punto de “no retorno”, a partir del cual notamos que ya no funciona “hablar”. Superado este punto, necesitará un tiempo para volver a estar calmado. La emoción se puede mantener durante este tiempo en una intensidad elevada y después irá bajando (más o menos rápidamente según las características del niño, el momento y las estrategias que usemos con él o que él mismo use). A menudo, cuando ha habido una situación muy intensa, no se recupera del todo el punto inicial de calma, sino que el puede quedarse como “inquieto” durante un tiempo más.
Analicemos primero qué suele despertar al león: ¿le hemos quitado de las manos sin previo aviso la tablet? ¿ha encontrado algo distinto en su habitación? ¿ha perdido su juguete favorito del que no se separa nunca? ¿ha escuchado un ruido muy fuerte e inesperado? ¿le acabamos de decir que no se puede ir al parque porque está lloviendo?
Hay muchas situaciones que pueden generar un alto nivel de frustración en un niño con TEA, a lo que hemos de sumar el estrés que con frecuencia tienen en su día a día. En entradas anteriores hemos comentado elementos que pueden generar ansiedad, tengámoslos en cuenta para que pueda estar tranquilo de forma general y le resulte más fácil afrontar las frustraciones. Y siempre que podamos y sea conveniente, modifiquemos aquello que precipita la reacción.
En cualquier punto de esta montaña emocional, los adultos hemos de mantener la calma y no actuar desde nuestro propio miedo, enfado, angustia… Somos modelo para los niños y, aunque sus capacidades de imitación pueden estar afectadas, los niños con TEA también se contagian de nuestra emoción.
No todas las estrategias sirven para todos los momentos. Por ejemplo, es posible que la anticipación de “cuando te pongas los zapatos nos vamos al parque” sea útil en una primera fase de resistencia a esta tarea, pero no resultará eficaz cuando el niño ha pasado el “punto de no retorno” y no procesa lo que le decimos verbalmente o con apoyos visuales.
Como ante cualquier otro aprendizaje que nos propongamos hemos de ser sistemáticos. Intentarlo solo una vez y rendirse solo generará más frustración y confusión en el niño y en el adulto. Tened en cuenta que, al menos para establecer nuevos hábitos, se dice que es necesario un periodo de 21 días para que se mantengan.
¿Qué podemos hacer antes de llegar a la cima de la montaña?
- Observamos qué señales son indicadoras de que la emoción está aumentando.
- Reflejamos la emoción/sensación y qué podemos hacer para estar más tranquilos/calmados.
- Usamos el contacto físico.
- Anticipamos consecuencias “naturales” (“en cuanto te pongas los zapatos, nos vamos al parque”), en positivo.
- Negociamos (“yo te pongo los zapatos, tú cierras los belcros”).
- Ajustamos lo que pedimos a sus capacidades y al momento (tener en cuenta si está cansado, de mal humor, le duele algo; mejor empezar por poco y que tanto él como nosotros tengamos sensación de éxito y buen humor).
- Marcamos el final de la actividad que le cuesta hacer de la forma más clara posible para él (con algún referente “tangible”, “cuando acabe la canción, terminamos de cepillar los dientes”).
- Distraemos.
- Usamos el humor.
- Damos la orden, logrando su atención primero y a ser posible su motivación, eliminamos distractores. Damos las órdenes de una en una, ajustándonos a su nivel comprensivo y con los apoyos visuales necesarios.
- Transmitimos entusiasmo por el esfuerzo y por los logros cuando ha hecho algo que queríamos que hiciera y cuando ha conseguido regular su emoción.
- Usamos otro tipo de reforzadores o premios (ir a un sitio que le guste, un juguete, etc.) cuando necesitamos una motivación extra para que colabore en lo que le estamos pidiendo. Damos un gran premio por un pequeño paso para que el trato sea motivante.
¿Y si llega a la cumbre porque esto no ha funcionado o se ha “disparado” muy rápidamente? Solo podemos esperar a que baje la emoción y acompañarle en ella. Para algunos niños resulta calmante el contacto físico, pero no siempre es así. Si nos lo permite, quedémonos cerca, lo que el niño tolere para evitar que asocie tener una emoción muy intensa con el aislamiento.
Finalmente, una vez que ha pasado la situación y observando que ha recuperado la tranquilidad por completo, podemos revisar la situación con él. Por supuesto, esto requerirá muchos ajustes en función las competencias comprensivas, expresivas, simbólicas, de memoria, etc. que nuestro niño tenga en cada momento.
Si iniciamos una “conversación” (más o menos elaborada) puede que se resista a tratar el tema porque se siente mal al recordarlo o anticipe que se le va a regañar. Respetamos el tiempo que necesite, usamos el juego con muñecos para hablar de ello, dibujos, contamos la historia de otro niño…
En esta conversación narramos entre los dos lo que sucedió, ponemos palabras a lo que estaba sintiendo (tristeza, enfado, miedo-nervios, si le cuesta le damos opciones verbales o le dibujamos caritas para que seleccione), podemos preguntar dónde sintió la emoción (en qué parte del cuerpo) y cuánta estaba sintiendo (mucha, poca, regular), también cómo se estaban sintiendo otras personas, acogemos la emoción y empatizamos, pensamos con él qué otras cosas podría haber hecho (en lugar de la expresión emocional no adecuada que ha habido), y para regularse él mismo, por ejemplo, pedir un poco más de tiempo de jugar, pedirnos un abrazo, pensar en otra cosa que le guste, etc. Las mismas estrategias que nosotros vamos a usar con él y que queremos que vaya interiorizando para usar de forma autónoma.
Para niños más peques o que aún no tienen tantos recursos comunicativos, simplemente podemos utilizar apoyos visuales para identificar cómo se ha sentido, dibujar lo que precipitó la emoción y una estrategia sencilla para usar la próxima vez. Revisad la sección de materiales para encontrar apoyos visuales que pueden ser de utilidad.
Materiales «Chiquitito…»:
Panel de identificación de emociones
Hoja de indicadores emocionales para el observador
Ficha para completar Indicadores-Estrategias
Entornos TEA. Servicio inscrito en el Registro de Centros, Entidades y Servicios de Acción Social de la C.A.M. Nº S7705.

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